El Mundial llegó a cobrar las promesas vencidas
A dos días de la inauguración, el Gobierno intenta cuidar el estadio, despejar las avenidas y salvar la postal internacional. El problema es que las protestas no nacieron por el futbol: llegaron al torneo después de años de minutas, mesas y soluciones aplazadas.
Por León Barragán Cossío
A dos días de que ruede el balón en el partido inaugural del Mundial, la Ciudad de México no parece tomada por una conspiración perfectamente coordinada. Parece algo más incómodo: una enorme ventanilla de cobranza.
Frente al escaparate internacional comenzaron a formarse maestros, familias buscadoras, madres y padres de Ayotzinapa, transportistas, productores agrícolas y colectivos urbanos que cuestionan los efectos de la gentrificación. No marchan por la misma causa. Ni siquiera comparten necesariamente una estrategia. Pero todos entendieron lo mismo: cuando las oficinas públicas no responden, quizá respondan las cámaras extranjeras.
El Mundial no provocó la crisis. Solamente encendió las luces del estadio y permitió ver cuánto humo llevaba acumulando el edificio.
La CNTE es el ejemplo más visible. Su demanda principal sigue siendo la abrogación de la Ley del ISSSTE publicada el 31 de marzo de 2007. Es decir: el conflicto pensionario ya cumplió 19 años. Durante casi dos décadas atravesó sexenios, partidos, campañas electorales y promesas de revisión. Ahora pretende negociarse a contrarreloj, con el partido inaugural del 11 de junio respirándole en la nuca al Gobierno.
La administración federal ha colocado propuestas sobre la mesa: un aumento salarial de 9% para 2026, medidas relacionadas con las pensiones y una ruta para modificar el esquema de ingreso y promoción docente. Pero el desacuerdo de fondo permanece. La CNTE insiste en que el sistema vigente produce jubilaciones precarias. El Gobierno responde que regresar por completo al modelo anterior implica un costo fiscal difícil de sostener. Las dos afirmaciones pueden convivir sin cancelar la contradicción política: durante 19 años nadie quiso enfrentar seriamente una reforma costosa y ahora todos pretenden resolverla antes del silbatazo inicial.
Pero reducir la presión social al magisterio sería una comodidad narrativa.
Las familias buscadoras también eligieron el escaparate mundialista. Su presencia tiene otro peso político. Un bloqueo vial puede generar molestia. Una madre con la fotografía de su hijo desaparecido frente a un estadio lleno de cámaras genera una pregunta que ningún operativo puede retirar de la pantalla.
Lo mismo ocurre con Ayotzinapa. Han pasado casi 12 años desde la desaparición de los 43 normalistas en septiembre de 2014. La herida sobrevivió a informes, reuniones, comisiones y cambios de gobierno. Convertir esa movilización en un simple problema de tránsito sería una torpeza institucional y una derrota moral. La agenda de movilizaciones de la Secretaría de Seguridad Ciudadana ya documentaba actividades vinculadas con la visibilización del caso en el contexto mundialista.
También llegaron los transportistas y los productores agrícolas. La Asociación Nacional de Transportistas convocó protestas para el 11 de junio con demandas relacionadas con la inseguridad carretera, los delitos contra operadores y los riesgos de extorsión. Productores del campo sumaron reclamos sobre precios, financiamiento y condiciones de competencia. Las rutas y los alcances concretos deberán confirmarse conforme avance la jornada. Lo que ya está confirmado es el mensaje: el conflicto aprendió a viajar en tráiler y en tractor.
En otro flanco aparecen los colectivos vecinales y antimundialistas que cuestionan la turistificación, la presión inmobiliaria y el modelo de ciudad espectáculo. No todos los señalamientos deben aceptarse sin revisar permisos, proyectos y expedientes. Pero la pregunta es válida: ¿para quién se embellece la ciudad cuando llegan los grandes eventos? ¿Para quienes pagan renta todo el año o para quienes tomarán fotografías durante tres semanas?
La ciudad oficial quiere mostrar banquetas limpias, murales restaurados y corredores seguros.
La ciudad real pregunta cuánto costará vivir ahí después de la fiesta.
El problema de fondo no es que existan protestas. En una democracia deben existir. El problema es que distintas administraciones confundieron diálogo con solución. Se instaló una mesa. Se firmó una minuta. Se anunció una revisión. Se programó otra reunión. Se tomó la fotografía correspondiente. Después llegó el café institucional, ese lubricante burocrático que sirve para acompañar las promesas mientras envejecen.
Así se administraron los conflictos: no para resolverlos, sino para conseguir que regresaran más tarde.
Y regresaron en la fecha más costosa.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en evitar la represión y garantizar que la inauguración se realice. Ese equilibrio es indispensable. El Gobierno debe proteger el derecho a la protesta, prevenir confrontaciones y conservar condiciones razonables de movilidad. No puede meter en el mismo costal a una familia buscadora, a un maestro inconforme, a un operador de transporte y a quien pretenda cometer actos violentos.
Pero hay otro problema: demasiadas crisis terminan desembocando en Palacio Nacional.
No es cierto que el gabinete permanezca completamente inmóvil. Gobernación, la Secretaría de Educación Pública y el ISSSTE han participado en las negociaciones con la CNTE. Sin embargo, en la conversación pública la presidenta termina absorbiendo personalmente el desgaste. Los secretarios reciben los pliegos petitorios. Ella explica. Los funcionarios integran las mesas. Ella responde. Las dependencias administran los expedientes. Ella carga con la factura política.
Cuando la única voz con suficiente autoridad para dar la cara todos los días es la presidenta, el gabinete empieza a parecer una colección de subsecretarías ampliadas.
El Mundial pasará. Habrá goles, fotografías, discursos, operativos y rutas alternas. La FIFA levantará sus estructuras temporales y buscará la siguiente ciudad impecable. Pero las demandas seguirán ahí: las pensiones, las desapariciones, Ayotzinapa, la inseguridad carretera, el campo y una ciudad cada vez más difícil de habitar para quienes no vienen de visita.
El balón no creó el incendio.
Solamente llegó con reflectores suficientes para que nadie pudiera seguir fingiendo que no veía el humo.
Etiquetas: Ayotzinapa, Claudia Sheinbaum, CNTE, familias buscadoras, gentrificación, Ley del ISSSTE, Mundial 2026, Palacio Nacional, productores agrícolas, protestas sociales, transportistas
