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El Mundial de México al que los mexicanos parecen no estar invitados

10 de junio de 2026 · Redacción Cronista Nacional

Por Juan Pablo Ojeda

 

Por décadas, México soñó con volver a organizar una Copa del Mundo. La ilusión era enorme: ver nuevamente al planeta entero mirando hacia el Estadio Azteca, recibir a millones de visitantes y demostrar por tercera ocasión que el país sabe ser anfitrión de la máxima fiesta del futbol.

Hoy ese sueño es una realidad.

Pero conforme se acerca el Mundial 2026 surge una sensación incómoda: el Mundial se jugará en México, pero cada vez parece menos pensado para los mexicanos.

Primero fueron los precios. Conseguir boletos para muchos aficionados se convirtió en una misión prácticamente imposible. Lo que para algunos representa una experiencia inolvidable, para millones de familias mexicanas simplemente está fuera de su alcance económico.

Después llegaron las restricciones.

Los dueños de palcos del Estadio Azteca, quienes durante años pagaron por espacios que les prometían acceso a los eventos celebrados en el inmueble, descubrieron que durante el Mundial las reglas cambian. FIFA tendrá el control absoluto del estadio y los derechos que parecían garantizados quedaron sujetos a las condiciones del organismo internacional.

Tampoco los negocios locales escaparon a esa realidad. Bares, restaurantes y hoteles han tenido que navegar una serie de lineamientos y autorizaciones relacionadas con las transmisiones públicas de los partidos. Lo que antes parecía una celebración comunitaria ahora está rodeado de condiciones comerciales.

Y si alguien piensa que al menos podrá compartir libremente la experiencia desde las tribunas, la realidad también es distinta. Los derechos audiovisuales pertenecen a FIFA y a las cadenas autorizadas. El aficionado puede asistir, pagar su boleto, consumir dentro del estadio y formar parte del espectáculo, pero las imágenes del partido no le pertenecen.

Todo esto tiene una explicación legal y comercial. FIFA protege contratos que valen miles de millones de dólares. Nadie puede cuestionar que existe una lógica empresarial detrás de esas decisiones.

El problema es otro.

La Copa del Mundo no es un concierto privado ni una convención corporativa. Su éxito existe gracias a generaciones enteras de aficionados que han construido la cultura futbolística de cada país anfitrión.

Por eso resulta inevitable preguntarse si el Mundial 2026 está siendo diseñado para los aficionados o para los patrocinadores.

México aportará estadios, infraestructura, seguridad, promoción internacional y una afición que ha convertido al futbol en parte de su identidad nacional. Sin embargo, muchos mexicanos observan cómo la fiesta parece alejarse de ellos a medida que se acerca la fecha inaugural.

La paradoja es difícil de ignorar: México será sede de la Copa del Mundo, pero para millones de mexicanos la experiencia real del torneo será verla por televisión, seguirla desde redes sociales o contemplarla desde afuera de los estadios.

El Azteca volverá a hacer historia. Las cámaras del mundo apuntarán hacia nuestro país. Sonarán los himnos, rodará el balón y las tribunas estarán llenas.

La pregunta es cuántos de los que estarán ahí serán los mismos mexicanos que durante décadas soñaron con este momento.

Porque un Mundial puede organizarse en México.

Pero eso no significa necesariamente que pertenezca a los mexicanos.

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